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CUENTOS - HISTORIAS - LEYENDAS

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Chacabuco 567
(7130) Chacomús
Buenos Aires-Argentina
La leyenda del "Castillo de la amistad" (1)

Transcurría el año 1800 cuando los chascomunenses estaban por entrar en guerra con indios de otra zona llamados los "Salvajes".
Los Salvajes envían un mensaje que declaraba la guerra. Entonces los chascomunenses decidieron construir un castillo para su defensa.
Al día siguiente los salvajes atacaron, mataron y destruyeron gran parte de Chascomús, los pocos sobrevivientes decidieron defenderse en el castillo construido por ellos a unos kilómetros de la ciudad.
Para los indios fue muy fácil encontrarlos ya que algunos eran brujos.
Cuando los indios lograron entrar, recorrieron todo el castillo menos una habitación: el balcón. Cuando entraron a un balcón vieron a los chascomunenses en el otro. En ese momento una luz muy brillante iluminó la torre que estaba entre los dos balcones.
Los indios y chascomunenses se amigaron y es por eso que hasta el día de hoy esta hermosa construcción que se alza a orillas de la laguna se llama el "Castillo de la amistad".

Javier  
9no. año Escuela Municipal Nro.1

La Leyenda del Reino de la Amistad. (2)

Una tarde revisando unos viejos roperos que había en las instalaciones del Club Bochístico Independiente, encontramos un viejo mapa que tenía más de 200 años. El mapa indicaba la ruta hacia el castillo encantado que aparentemente no estaba lejos de aquí. Esa noche decidimos seguir las indicaciones de aquel mapa y emprendimos la travesía en busca del Castillo de la Amistad.
Según decía el mapa, el mismo había sido creado por un grupo de amigos que se reunían en un bar, en él reinaba Manuel I Rey de Copas y un grupo de ministros que colaboraban. Se organizaron fiestas, bailes populares y hasta una corrida de toros.
Nadie sabe por qué, una noche de tormenta, el castillo desapareció y hoy intentaremos reflotarlo.
De acuerdo a lo observado en el mapa, debíamos caminar por la actual calle Bolívar hasta la laguna, y desde allí remar en un bote hacia el noroeste. Luego de remar unas horas acompañados por la luna y las estrellas, llegaremos al lugar indicado.
Fue muy grande la sorpresa ya que sólo encontramos es ese sitio un árbol añejo.
Cansados de la travesía y desilusionados por no encontrar lo deseado, nos sentamos a descansar al pie del viejo ombú.
En ese momento la luna iluminó en forma incandescente y aparecieron dos leones que nos contaron una leyenda por la cual nadie había querido entrar al Castillo.
La historia contaba que aquella persona que entrara al lugar, sufriría un gran cambio en su vida, y si sobrevivía debía salir del castillo antes del amanecer y no contar lo vivido hasta que cambiara el siglo, así fue que aceptamos el reto y nos guiaron hasta el viejo castillo. Abrimos las puertas y allí encontramos una gran fiesta de la cual participaban: Los naipes españoles, los dados, las cartas de pocker y los tableros de damas y ajedrez.
Antes del amanecer nos despedimos del rey, cerramos los portones y el castillo desapareció.
Hoy que el siglo cambió te contamos la leyenda del viejo CASTILLO DE LA AMISTAD.

REPORTAJE A DOS CAZADORES DE TESOROS

Desde la orilla, sentados en la escalinata, Ismael  (40) y Alejandro (36), contemplan orgullosos la laguna, que es la esencia misma de Chascomús y la fuente inspiradora que los animó a convertirse en aficionados de su actividad. Ellos buscan antigüedades que bajo el agua se perdieron hace tiempo y yacen allí olvidadas; tesoros que pueden tener valores de diverso tipo: monetario, sentimental, o sobre todo, histórico, tesoros que guarda la laguna y que estos nostálgicos cazadores decidieron sacar a la luz, sumergiéndose respetuosamente desde hace 6 años, día a día, en el pasado.
No fue por obra del azar, que "los buscadores de oro" –como se los llama en su ciudad natal-, eligieran casi el final de la calle Costanera España para trabajar, pues es allí donde a principios del siglo pasado, "Los Libres Del Sur", un grupo de hacendados, se rebelaron contra las fuerzas del Gral. Don Manuel de Rosas; y es allí también donde allá por el 1900, los bañistas más audaces disfrutaban del verano. Burgos y Monterrosa cuentan que es esa su estrategia, ya que son justamente los lugares históricos su fuente más confiable de información.

Sus tesoros más preciados

Monterrosa es casado, con cinco hijos, y lamenta no disponer de más tiempo para dedicarle a esta actividad que tanto le gusta, ya que entre otras cosas, debe intercalarla con los partidos de football de los cuales es referí. Del bolsillo de su pantalón saca una bolsa parte de la colección que ha logrado formar, la cuál va creciendo de a poco y sin apuro. Deja de lado valiosas joyas como anillos, esclavas y cadenas de oro, para exponer sus "logros" más importantes; entonces toma una moneda de bronce y lee con orgullo su inscripción: "Banco Nacional, cinco décimas, año 1828".
A medida que va mostrando y explicando con fascinación el valor histórico de los antiguos objetos, los ojos de Monterrosa se vuelven cada vez más grandes y revelan el mismo asombro de la primera vez cuando los encontró.
La particularidad de otra moneda, deja al descubierto su valor: se trata de "una esquila", que valía "un vellón". Asesorados por profesionales del museo Pampeano, con sede en esta ciudad y por un especialista en numismática, Burgos y Monterrosa, cuentan que "esas monedas estaban destinadas para uso interno de las viejas estancias, y que servían para que el patrón le pagara al peón la esquila de ovejas". Otros objetos encontrados de distinto origen y valor histórico fueron un cortapapeles de plata, peinetas de oro, medallas del siglo pasado, monedas extranjeras, mangos de espadas, y hasta una bala de cañón.

Cada palada es una sorpresa

La búsqueda comienza a las seis de la mañana y dura hasta el mediodía, pero se indican a ello sólo durante las estaciones cálidas. Sin embargo, a pesar del cielo nublado y de lo terrible y oscura que se veía la laguna, Burgos tiene planeado trabajar, pues ha traído los implementos que utilizan, que por cierto son manuables, simples y rudimentarios. Se introducen en el agua y con una pala cavan unos 20 cm., tirando la arena limosa que se extrae del suelo en una zaranda, rodeada con boyas de red para que flote. La incertidumbre dura hasta que "zarandean". A veces, pasan horas o días y no encuentran nada, pero aseguran que el secreto consiste en "no desmoralizarse, y tener mucha constancia, sobre todo nosotros, que nos gusta tanto lo que hacemos"."Cada palada, es una sorpresa", afirma Burgos, intentando explicar la felicidad que se siente y el incentivo que significa encontrar algo de valor.
Por consejo de los especialistas del museo, los objetos se limpian poco y con pastas delicadas que no rayan, para no dañar la superficie de las piezas, que es lo que las mayorías de los casos delatan su valor histórico, como el origen, la data, el material del que están hechas, etc.
Sin embargo, aseguran que si se trata de objetos de oro no necesitan limpiarlos, porque el oro brilla enseguida, y por lo general, "es oro bueno".
Las búsquedas por momentos han dejado de ser un simple "hobbie" para convertirse en un "servicio a la comunidad". Monterrosa cuenta entusiasmado que muchas veces la gente le indica determinados sectores de la laguna donde han perdido objetos que tienen, para cada uno, un valor sentimental distinto, y que quieren ansiosamente recuperar. Sin embargo, estas exigencias son muy difíciles de satisfacer, por lo inaccesible de los lugares en cuestión.

Picardías de los principiantes

Divertidos, los buscadores cuentan que realizan esta rara actividad por casualidad. Un día de verano, estando la laguna más baja que de costumbre, aparecieron en la orilla, bajo una piedra, siete y relucientes anillos de oro. El hallazgo fue un acontecimiento, porque desde ese mismo momento hasta hace unos días después, muchos curiosos y ambiciosos se acercaron a la rivera de la laguna, "dispuestos a encontrar un galeón", según cuenta Monterrosa, que no para de reírse acordándose de aquella situación. Al poco tiempo, al notar que no se encontraba nada, a los falsos exploradores se les apagó el entusiasmo que había originado la "Fiebre del oro en Chascomús", según tituló un diario local a la noticia que relataba la "revolución" que se vivía en aquellos días. Pero Burgos y Monterrosa decidieron seguir adelante y piensan continuar con esta actividad hasta que los años y las ganas se lo permitan.
Cuando recién empezaron estas búsquedas matutinas, como si hubiesen tenido que pagar una especie de "derecho de piso"para poder irrumpir cada mañana la profunda privacidad de la laguna, burgos y Monterrosa debieron sortear diversos inconvenientes del oficio. Los primeros hallazgos tenían un alto valor monetario, porque en su mayoría se trataban de joyas de oro que, después de acumular durante algún tiempo una determinada cantidad, vendían al primer postor.
Con los años, después de consultar a especialistas y adquirir cierta experiencia, los buscadores se dieron cuenta que las piezas de oro tallado no sólo valían por sus quilates, sino también por su refinamiento y antigüedad. Arrepentidos, entonces, decidieron no vender nada más y empezaron a coleccionar.
Ante la pregunta de si donarían sus respectivas colecciones para aumentar el patrimonio del museo, Monterrosa duda, piensa que le costaría mucho desprenderse de tal tesoro, y prefiere –por ahora- conservarlo para contarles esta misma historia a cada uno de sus hijos. Burgos proyecta comprar en un futuro su propia vitrina, para exponer allí su recompensa de tanta constancia.
Mientras tanto, la laguna ha dejado de ser un bello paisaje, para convertirse en compañera clave de estos erróneamente llamados "buscadores de oro" chascomunenses, que han decidido guardar celosamente el caudal de historia que ella les ofrece.

Liza María Martínez
Estudiante de periodismo